Pa Amb Tomàquet

Pa Amb Tomàquet

Cuando mencionamos pa amb tomàquet, rápidamente nos viene la imagen en rojo sobre una base dorada de uno de los iconos de la dieta mediterránea y plato insignia de la cocina catalana. Su sencillez de preparación no está exenta de todo un ritual. Con la base de una rebanada de pa de pagès, debemos combinar tomate, ajo, aceite y sal para darle el punto exacto de sabor y como va bien con todo, es el mejor aliado para acompañar platos o simplemente comerlo solo. No es extraño que cuando se sirve en una mesa un buen plato de pa amb tomàquet desaparezca antes de que lleguen los entrantes o el aperitivo.

Pero, ¿dónde nace esta delicia?.

 

Debemos situarnos cronológicamente en el tiempo y saber que la preparación que conocemos actualmente está divida en dos partes. La primera, antes de que el tomate hiciera acto de presencia en el siglo XVIII cuando llegó a España desde las Américas.

En la Grecia antigua ya se combinaba el pan y el aceite de oliva y esta costumbre se mantuvo en diversos lugares del Mediterráneo hasta el siglo XVII, con referencias como las recetas de Jaume Martí Oliver en su escrito Modo de cuynar a la mallorquina y su panbolibo. Este rito mediterráneo todavía sigue arraigado en muchos lugares.

La segunda parte es en la que nace y está vinculada con la zona rural de Catalunya, cuando los payeses añadieron tomate al pa amb oli como remedio al pan duro y de paso consumir las abundantes cosechas de este vegetal.

Parece mentira, pero de una cosa tan sencilla como el pan con tomate se ha escrito y valorado mucho. Destacar a Manuel Vázquez Montalbán, gastrónomo por excelencia, en su novela El Premio, lo ensalza como “un prodigio de koiné cultural

que materializa el encuentro entre la cultura del trigo europea, la del tomate americana, el aceite de oliva mediterráneo y la sal, esa sal de la tierra que consagró la cultura cristiana. Y resulta que este prodigio alimentario se les ocurrió a los catalanes hace poco más de dos siglos, pero con tanta conciencia de hallazgo que lo han convertido en una seña de identidad equivalente a la lengua o a la leche materna” (…) mientras “los charnegos, los inmigrantes catalanizados, adoptamos el pan con tomate como una ambrosía que nos permite la integración”.

Lo que está claro es que la medicina para ablandar el pan duro de antaño se ha convertido en toda una terapia y

delicia gastronómica. Quién no recuerda la tradición del bocata de pan con tomate con alguno de los exquisitos embutidos de Catalunya, que nos han acompañado desde siempre en los desayunos del cole, en nuestros viajes o como cena improvisada.

O que gracias al branding del sello pa amb tomàquet alguien tenga la idea de patentarlo.

O bien que desde la Generalitat de Catalunya sea considerado casi un bien cultural.

En los restaurantes del Grup Ferré se rinde homenaje a este bien tan preciado y ocupa en sus cartas el lugar destacado que le corresponde.

 

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