En el Melic Del Gòtic

En el Melic Del Gòtic

 

 

Callejeando por el gòtic de Barcelona o practicando shopping en los múltiples comercios de la zona, siempre es recomendable realizar un alto en el camino. Pasear o ir de compras es un “ejercicio intenso” y como bien decía el malogrado Luciano Pavarotti: “Una de las mejores cosas de la vida es que debemos interrumpir regularmente cualquier labor y concentrar nuestra atención en la comida”.

Sin desviarnos mucho del lugar del gòtic en el que nos encontremos, en el número siete de la calle Montsió, tenemos cita obligada en la brasería Melic del Gòtic, ubicada en un lugar con mucha historia que ocupa los últimos vestigios del convento de Montsió del siglo XV, de la orden de las monjas dominicas. Formaban parte del ala sur del edificio y sus habitáculos inicialmente estaban destinados a celdas de penitencia, que posteriormente se utilizaron como bodega de vinos.

Entraremos en el angosto espacio típico medieval y de aspecto rústico donde la piedra está omnipresente. De inmediato, la mezcla de aromas en el que destaca el de brasas, incentivarán nuestro apetito, que será saciado con cualquiera de los platos de carne a la brasa, ensalada o pasta que tenemos a nuestra disposición.

Mientras los degustamos, hablemos un poco de la historia de los conventos y convengamos que desde un punto de vista religioso, sus bodegas no eran el espacio más espiritual, pero sí un lugar de culto al vino que transmitían a los compradores lo misales y espirituales que podían llegar a ser sus caldos. En aquellos tiempos, el vino y el pan formaban el binomio por excelencia de la alimentación y su consumo se extendía entre todos los estamentos sociales.

Un salto de dos siglos de oraciones y actividades monásticas nos trasladan a la invasión francesa, que acabó con la sede de la congregación y el convento se convirtió en almacén de las obras de arte expoliadas por las tropas.

Una vez que los franceses fueron derrotados, hacia 1830 y con otro conflicto bélico de por medio, esta vez las guerras carlistas, se utilizó como cuartel. Para sufragar los gastos de mantenimiento, la milicia nacional decidió abrir una sala de baile que consiguió mucho éxito y que poco tiempo después se habilitó como teatro.

Junto con la Sociedad Dramática de Aficionados, una organización de ciudadanos liberales armados de la época y la iniciativa de Manuel Gibert se constituye  en 1837 el Teatro Montsió, primera expresión de lo que actualmente es El Liceu y cuya primera ópera sonó al compás de la Norma de Bellini.

El Liceu se hizo grande y la falta de espacio motivó su traslado a La Rambla, afincándose en el antiguo convento de los Trinitarios, lugar que ocupa en la actualidad.

Unos buenos platos cocinados a la brasa, vino y espiritualidad, nos harán sentir los cánticos de las monjas y las operas que sonaron en los muros del convento, teniendo presente que según cuenta la leyenda, cada vez que se desprende un trozo de piedra del convento de Montsió, el espíritu bondadoso de aquella comunidad se aparece en el local.

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