Primavera en la ciudad

Primavera en la ciudad

terraza

 

El hombre del tiempo predijo temperaturas primaverales durante toda la semana. Cuando me levanté a las 7 am al ritmo de la Cadena SER, salté de la cama, subí las persianas y abrí la ventana. Todo apuntaba que el hombre del tiempo, que nunca se equivoca, tenía razón. Un zumo de naranja, una ducha rápida y… directa a mi armario. Era de esos días que me apetecía arreglarme e ir cómoda a la vez, así que… ¡por fin! pude estrenar mis nuevos bustiers de cuero negro, junto a un jersey de crochet en un tono rosa palo, unas sneakers y una chupa motera. Bajé las escaleras brincando, dispuesta a sacar a pasear mi bici –no soporto cogerla en invierno, me muero de frío- y, con ella, tiré Diagonal todo recto hasta llegar a Tuset, donde se encuentra mi estudio. Como no podía ser de otra manera y dado que los humanos somos animales de costumbres: el tema del ascensor, el de los compañeros de edificio, el del camarero del break del café a media mañana… “la primavera ya ha llegado, ya era hora”. Dices que sí, dibujas una sonrisa, por no ser mal educada y piensas… -ah, claro, que hemos tenido un invierno, de esos como los que se viven en los países nórdicos, no me acordaba… ¡Y precisamente este año!-. Que ignorante me sentí.

Se acercaba la hora de comer y media hora antes de salir hacia una cita de negocios: la llamada. Cuando vi el número de la persona con la que he había quedado, tan cerca del encuentro, pensé dos cosas: o me anulaba la comida o llegaba tarde. Mi intuición femenina no falló y, a mi pesar, era la primera opción. Sin plan para comer y viendo ese sol que se colaba por mi ventana, ni de broma me quedaba tristemente sola en el estudio. Así que con este panorama, decidí llamar a una amiga que trabaja en una redacción cerca de Francesc Macià.

Quedé con ella en Travesera de Gracia con Calvet, me dijo que me quería llevar a un sitio muy “nosotras” y que sería una sorpresa. Hacía tres meses que no la veía. Cuando nos encontramos en la esquina, nos abrazamos y le pude notar casi el corazón. ¡Así que imaginaros cómo nos estrujamos! Subimos Calvet hacia arriba hasta llegar, aproximadamente, a la mitad de la calle. Le dije:

– Ana… ¿no será Collage?

– ¡Ala! ¿Cómo lo sabías?

– Porque he estado millones de veces, y cuando me dijiste que era “muy nosotras” y quedamos en esta zona… me lo intuí.

– Pues vaya, yo que quería impresionarte…

– Tranquila, tú siempre me impresionas.

(nos reímos)

Aprovechando el buen día que hacia no dudamos en sentarnos en la terraza. Las sillas son comodísimas y puedes hablar tranquilamente. Decidimos compartir platos de la carta, todos bastante lights, ya sabéis, el verano está en la puerta de la esquina. Excepto… los postres, claro, eso si que no se perdona, sea la estación del año que sea. Nos dejamos guiar por el buen hacer del maitre y compartimos la ensalada Claudia Cardinale (brocheta de verduras y mozzarella con fondue de romesco sorpresa), buenísima, con el toque de las verduritas a la brasa merece mucho la pena. El tártar de atún al estilo asiático en canelón de aguacate y lágrima de chutney de mango, y lo que ellos llaman “el salmón y más salmón”. Las raciones son muy correctas, así que teníamos un hueco para coquetear con el postre. Compartido, eso sí. Nos dejamos llevar por la tentación de yogur griego con pétalos de rosa. Y, os puedo asegurar, que es de los mejores postres que he probado nunca. Con el buen sabor de boca que me dejó, le hice el salto a mi té rojo de rigor de después de la comida.

Desde ese día los miércoles son sagrados en nuestra agenda. Nos reunimos para comer en Collage y así tenemos excusa para ponernos al día. En la terraza, siempre, desde que la primavera ha pisado a la ciudad y parece ser que para quedarse.

claudia cardinale

Brocheta Claudia Cardinale

 

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